Fin de pista: Fernando Soto-Hay con la pañoleta del grupo III. (Fotografía Quetzalli Vázquez C.)

De «Sombrero de cuatro pedradas» (1)
Desde hace tiempo, semanalmente me desmañano para asistir a un café ubicado a la vuelta de las oficinas de la Asociación, donde solemos reunirnos FernandoJorge CorderoJoaquín Ramos (“¡Hola, conspiradores!”, suele ser mi frase de saludo). Durante la siguiente hora me muestran algún documento sobre la historia del escultismo, los escucho bosquejar un próximo curso de adiestramiento o, la mayor de las veces, simplemente nos dedicamos a intercambiar chismes del mundillo escultista hasta que el decano de la tertulia pasa a retirarse, luego de una reglamentaria vuelta a la fuente de la impúdica réplica delDavid de Miguel Ángel que engalana la plaza Río de Janeiro; el resto del tiempo me dedico a actualizar mi repertorio de barbajanadas con la concurrencia restante, a la que ocasionalmente se suma el Figa, con quien terminamos por ir a almorzar unos tacos de guisado buenísimos que venden en la cercana calle de Mérida.

La danza de Baloo. (De una entrevista inédita)
Yo entré al colegio de los jesuitas en el año de 1943, se llamaba Instituto Bachilleratos, más tarde Patria; en el 44, cuando tenía 11 años y estaba en quinto de primaria, dos scouters del grupo XXIII que estaban en segundo de prepa decidieron fundar una segunda tropa y me invitaron junto con mi hermano menor, Eduardo. Ahí duré un mes o mes y medio, fuimos a juntas y creo que tuvimos una excursión; como la segunda tropa no funcionaba me pasé a la primera tropa con mi hermano,Roberto Dinner —su papá era el dueño de acumuladores América—, Rafael Escobar Moisés Ladrón de Guevara.

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