El pulso nacionalcatólico abre una batalla por un Estado laico

Lo que en un principio parecía una disputa marginal por la presencia de una cruz de madera erigida delante del palacio presidencial en el centro de Varsovia se ha convertido en una cruzada política de la oposición nacionalcatólica contra el Gobierno liberal. Esto ha dado lugar a un debate nacional en el que el papel público de la Iglesia católica, tabú desde la caída del comunismo, ha acabado siendo el tema central.

Cuando el sábado la policía desalojó a un grupúsculo de los autoproclamados defensores de la citada cruz para despejar la calle por el desfile de la fiesta nacional, el líder opositor, Jaroslaw Kaczynski, puso el grito en el cielo contra una “estratagema para quitar la cruz sin garantías de que allí se levantará un monumento al presidente Lech Kaczynski y a las otras víctimas delaccidente aéreo” del 10 de abril cerca de la ciudad rusa de Smolensk, en el que murieron el hermano del líder opositor, su esposa y 94 personalidades que iban a conmemorar el 70.º aniversario de la matanza –ordenada por Stalin– de oficiales polacos.

Kaczynski calificó la acción policial, así como la colocación de una placa en honor a las víctimas junto a la cruz dos días antes, de “acciones propias de la época comunista”.

El duelo nacional que siguió a la tragedia dio lugar a una cruzada ideológica desproporcionada. Comenzó en la campaña para las elecciones presidenciales, que el hermano gemelo del difunto presidente intentó ganar apoyado en la ola del luto y la compasión.

La cruz de madera puesta por unos boy scouts ante el palacio presidencial se transformó en un lugar de rezos, venerado en el canal de televisión controlado por el partido de Kaczynski como símbolo sagrado del supuesto martirio del difunto presidente.

Al perder las elecciones Jaroslaw Kaczynski, los nacionalcatólicos calificaron de “ultraje a la memoria de los muertos” la decisión del nuevo presidente, Bronislaw Komorowski, de poner fin al luto y trasladar la cruz a una iglesia.

Un comité de defensores de la cruz, instigado por la oposición y la emisora católica Radio María, se encargó de vigilar el lugar exigiendo que la cruz siguiera allí hasta que se colocara un monumento al presidente muerto como si fuera un mártir.

La Iglesia católica polaca, que procuró mantenerse al margen, finalmente se sumó a un acuerdo entre la presidencia y los boy scouts para trasladar la cruz a una iglesia cercana. Pero fue tarde.

Cuando una delegación de la Iglesia quiso llevarse la cruz, el comité defensor lo impidió y exigió el monumento. Por primera vez un grupo de católicos, políticos y ciudadanos de a pie desobedeció y desafió a la Iglesia, motivo por el cual se desató un debate en los medios de comunicación sobre la indefensión del Estado democrático y la jerarquía católica, convertidos en rehenes de una secta político-religiosa.

La colocación en el edificio adyacente de una placa conmemorativa una semana después enfureció aún más a los envalentonados nacionalcatólicos. Jaroslaw Kaczynski elevó el tono acusando al Gobierno liberal de implantar en Polonia el “zapaterismo”, es decir, “provocar una guerra contra la presencia pública de la cruz y la religión”. Kaczynski y sus seguidores no se inmutaron ni cuando el arzobispo de Varsovia y la cúpula episcopal recapacitaron y en sendas declaraciones denunciaron el pasado jueves el abuso de la cruz y de la fe para fines políticos y pidieron su traslado de la calle a una iglesia.

El desalojo policial forzoso de los defensores de la cruz es un nuevo pero seguramente no el último capítulo de una batalla ideológica en la que ya no se discute la peripecia de una cruz concreta, sino la laicidad del Estado polaco y el papel de la Iglesia católica.